dimecres, 26 de maig de 2010

Aquest any es commemora el centenari del naixement del poeta Miguel Hernández, tot seguit teniu un recull d'articles i llibres que podeu trobar a la biblioteca.

Nacido para el luto


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A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.

Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero.

Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910. (...)

Para la libertad Miguel Hernández - Joan Manuel Serrat



El tiempo amarillo


En Llamo a los poetas,su mejor poema escrito en tiempos de guerra, Miguel Hernández se confiesa un ser solitario, necesitado de cariño. Su poesía nunca había apostado de manera profunda por el surrealismo, pero se siente amigo de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, los autores de La destrucción o el amor y de Residencia en la tierra. Y es que los dos habían sido amables con él. Otros escritores, sin duda debido al carácter impertinente, acuciante y presuntuoso del joven muchacho de Orihuela, previamente relacionado con la derecha católica, prefirieron mantenerse lejos. Miguel Hernández dedica a Aleixandre y a Neruda sus dos libros de guerra, Viento del pueblo y El hombre acecha, pero pide amistad a todos los poetas, primero llamándoles por sus apellidos, y después, por sus nombres.

El año más feliz de la vida de Miguel Hernández fue 1937. Se puede afirmar con toda seguridad, aunque se trata de una afirmación grave, ya que hablamos de un tiempo de muerte y cañones. Pero en 1937 se casó, tuvo un hijo y, sobre todo, fue aplaudido como poeta, el poeta de la guerra, el poeta proletario, el poeta reconocido por la oficialidad, el pastor poeta que con “los cojones del alma” acude a la primera línea de fuego y después vuelve a descansar a su casa para convertir el vientre de su esposa en una “sementera” y cantar cuando “sus piernas implacables al parto van derechas”.

No tuvo suerte literaria Miguel Hernández. La mitología lo convirtió en el poeta de la Guerra Civil, y sus poemas de guerra están limitados por unas circunstancias difíciles. Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas. Más que atender a los malos poemas generalizados, conviene buscar las rarezas de lo bueno. Rafael Alberti consiguió escribir unos cuantos poemas de primera calidad, casi siempre con temas de retaguardia, que son verdaderas flores de invierno.

Cuando la mitología convirtió a Miguel Hernández en el poeta de la guerra consiguió que su nombre se hiciera popular, que llegase a algunos aficionados, pero… Para qué vamos a engañarnos, su presencia ha sido muy débil entre las últimas generaciones de poetas españoles.

Por eso conviene defender la altísima calidad y la originalidad de sus dos obras maestras: El rayo que no cesa y Cancionero y romancero de ausencias. Miguel Hernández escribió mejor en la culpa y la necesidad que en el himno y la certeza. El desvalimiento sexual y la miseria afectiva consolidan la maestría formal de su carnívoro cuchillo y de su rayo amoroso. Y la culpa que siente por su comportamiento con Ramón Sijé le permite escribir una elegía de dolor desmesurado, pero íntimo. Después de militar con Sijé en el nacionalcatolicismo y de escribir poemas y obras de teatro pidiendo que los campesinos obedezcan a Dios y a los caciques, Hernández descubre que el mundo intelectual madrileño mira hacia otra dirección y cambia de opinión y de ambiciones. Al morir Sijé se siente un traidor y escribe un poema que conmueve. Pocas veces las exageraciones retóricas alcanzan una cota de sinceridad íntima.

Ocurrió lo mismo con el Cancionero y romancero de ausencias. En la cárcel no sólo se duele de la derrota, sino de la realidad de las guerras, las “tristes guerras”. Leal y militante, se revuelve contra los dogmas y la violencia. En un cuaderno escolar va copiando breves poemas escritos con dificultad, maravillosos poemas que suponen una renovación originalísima del neopopularismo que tanto habían utilizado Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Llena de nueva vida la canción. Este libro es una cima de la poesía, de la ética y de la militancia, una lección de actualidad.

Miguel Hernández escribió: “Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”. Más allá del mito, creo que El rayo que no cesa y el Cancionero impedirán que el tiempo se ponga amarillo sobre la fotografía poética de Miguel Hernández. Baste el ejemplo de uno de los mejores libros de mi generación, Paseo de los tristes, de Javier Egea. En los años ochenta, Javier hermanó el Cancionero de Miguel Hernández con Las cenizas de Gramsci, de Pasolini, para intentar comprender lo que estaba pasando en España, lo que nos estaba pasando a nosotros.

Article extret de la revista "El País semanal"

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